La limitación de la libertad de expresión, similar a la que encontramos también en nuestro capítulo, debe hacerse, a diferencia de nuestro capítulo, con gran discreción y moderación.
La libertad de expresión es el alma de la democracia. Literalmente "el pájaro del alma". Por esta razón, un régimen democrático contemporáneo digno de ese nombre evita criminalizar actos que consisten principalmente en expresión verbal, cuando no se les une una acción.
En efecto, la libertad de expresión no es libertad absoluta. Partiendo del supuesto - que lamentablemente y con dolor de corazón ha encontrado expresión en la realidad en nuestros días - según el cual "las palabras pueden matar", cuando el discurso va acompañado de incitación, sedición y otras maldades, puede constituir un delito penal.
También el legislador israelí incluyó en el código penal diversos delitos de expresión, como incitación a la violencia, incitación al racismo, sedición, insulto a funcionario público, y otros similares. Aparentemente, el intento de hablar de "libertad de expresión" en el mundo bíblico parece bastante anacrónico, ya que el régimen monárquico estaba muy lejos de un gobierno democrático contemporáneo. Y sin embargo, las palabras de los profetas y su desafío contra los actos de injusticia y corrupción gubernamental son percibidos como ejemplo y modelo de la importancia de la libertad de expresión cuyo propósito es la reparación del mundo y la sociedad.
En nuestro capítulo hay eco y testimonio de que también en tiempos antiguos el poder buscó tomar medidas punitivas contra expresiones que no fueron de su agrado. Al principio, enfatiza el texto, a pesar de sus palabras duras y correctas, "E Irmiahu entraba y salía en medio del pueblo, pues no le habían aún puesto en la cárcel" (versículo 4).
En efecto, este idilio no duró mucho tiempo: "Y los príncipes estallaron en ira contra Irmiahu, y le golpearon, y le pusieron en la cárcel, en la casa de Iehonatán, el secretario; porque a ésta la habían convertido en cárcel. Cuando hubo entrado Irmiahu en la casa de la mazmorra y en las bóvedas, y cuando había permanecido allí muchos días" (versículos 15-16). Golpes, prisión prolongada ("muchos días"), e incluso alusión al calabozo ('casa del pozo'), hasta el punto de peligro de muerte ("Y no me hagas volver a la casa de Iehonatán el escriba, el secretario,no sea que muera allí"; versículo 20), fueron una respuesta apropiada, según el poder, a palabras que no fueron de su agrado. Sin juicio, sin justicia.
Solo a la luz de la protesta de Irmiahu, el rey Tzidkiahu se convenció y endulzó un poco la píldora amarga, la prisión. En lugar de prisión "en la casa del pozo" se decretó para Irmiahu un castigo más moderado: una especie de 'custodia semi-abierta' en el patio de la guardia, donde se le dio alimento en cantidad razonable: "y pusieron preso a Irmiahu en el patio de la cárcel, y le dieron diariamente un bollo de pan, de la calle de los panaderos, hasta que se consumió todo el pan en la ciudad. Y así se quedó Irmiahu en el patio de la cárcel" (versículo 21).
El encarcelamiento de una persona, e incluso su detención, solo por palabras, incluso palabras duras que queman el corazón y lastiman el oído, requiere gran discreción y moderación. Y mientras sea posible lograr el objetivo - reducir el temor al daño a las personas - por otros medios, deben preferirse.
Cortesía sitio 929.