El capítulo se inicia con un llamado al profeta para que pronuncie "una lamentación (canto fúnebre) sobre los príncipes de Israel". El capítulo incluye dos parábolas: la parábola de la leona y los cachorros, y la parábola de la vid. El profeta no interpreta explícitamente estas parábolas alegóricas.
La parábola de la leona y los cachorros (Versículos 1-9)
La parábola presenta a la leona en un rol positivo: "Entre los leones se acostó; en medio de los leoncillos crío sus cachorros” (versículo 2). La leona enseñó a uno de sus cachorros a convertirse en león joven y él aprendió a cazar presa, e incluso logró devorar a un hombre. Como consecuencia de las hazañas del león joven, buscaron capturarlo, y así fue: "en su hoyo fue cogido; y le llevaron con argollas de nariz a la tierra de Egipto” (versículo 4). La leona perdió su esperanza respecto al primer cachorro y crió a otro "tomó otro de sus cachorros, y le puso a él por leoncillo" (versículo 5), pero también este causó daño: "y demolió sus palacios, y asoló sus ciudades; y quedó desolada la tierra, y cuanto había en ella, a causa del estruendo de su rugido " (versículo 7). Como consecuencia de sus actos vinieron "naciones de alrededor, de las provincias" y lo capturaron, esta vez para Bavel, Babilonia "Y le pusieron en una jaula, con argollas de nariz, y le llevaron al rey de Bavel; y le metieron en las fortalezas, para que no fuese oída más su voz sobre las montañas de Israel " (versículo 9).
¿Y cuál es la aplicación? Es posible que la leona sea una madre real, pero parece más probable que represente a la casa real, el reino de la casa de David. Existe un consenso bastante amplio respecto a la identificación del primer cachorro como Yehoajaz, quien fue exiliado a Egipto. Respecto al segundo cachorro existe debate y los comentaristas han propuesto tres posibilidades: Yehoiakim, Yehoiajín o Tzidkiahu.
La parábola de la vid (Versículos 10-14)
Esta parábola trata sobre el destino del reino de Iehudá. El profeta probablemente habla a Tzidkiahu, el último rey de Iehudá, y dice "Tu madre era como una vid, a tu semejanza, plantada junto a las aguas: fecunda era, y abundante en sarmientos, a causa de las muchas aguas" (versículo 10), es decir, el reino de Iehudá estaba en buena posición, pero fue arrancada y destruida: "Mas ella ha sido arrancada con furor, en tierra ha sido echada, y el viento solano ha secado su fruto: han sido quebradas y marchitadas sus fuertes varas; el fuego las ha devorado" (versículo 12). La vid fue quemada "Y ahora está plantada en el desierto, en una tierra seca y sedienta” (versículo 13).
El profeta concluye las dos parábolas con la frase "¡Endecha (una elegía) es ésta, y servirá de endecha " (versículo 14). Es decir: se trata de parábolas que son también lamentaciones sobre la triste situación del reino de Iehudá.