Comiendo la Meguilá (Versículos 1-3)
Al final del capítulo anterior, Dios ordenó a Yejezkel comer lo que Él le presentaba, y así Yejezkel abrió su boca y Dios le dio de comer el rollo: "Abrí, pues, mi boca, y me hizo comer aquel rollo” (versículo 2). El profeta testifica que el rollo se volvió dulce como la miel en su boca: "Y yo me lo comí, y era en mi boca como miel, por lo dulce que era" (versículo 3).
El pueblo de Israel no escuchará (versículos 4-15)
Dios ordena a Yejekel ir y hablar a Israel aunque ellos no le escuchen: "La casa de Israel, sin embargo, no querrá escucharte, porque no quieren escucharme a Mí; porque toda la casa de Israel son de frente dura y obstinado corazón" (versículo 7). Dios alienta al profeta y lo fortalece para la misión: "He aquí que he hecho tu rostro duro contra los rostros de ellos, y tu frente dura contra sus frentes" (versículo 8). Dios le dice a Yejezkel que vaya al exilio (aparentemente el lugar de la revelación no era el mismo lugar donde estaban los exiliados) y entonces un espíritu levantó al profeta: "(En seguida) el Espíritu me alzó; y oí detrás de mí el sonido de un estruendo tumultuoso, que decía: "¡Bendita sea la gloria del Señor desde Su lugar!", y lo trasladó al exilio - Tel Aviv junto al río Kvar (la interpretación de Tel Aviv es Til Abûbi y significa "montículo del diluvio", es decir, un lugar que ya fue destruido en los días del diluvio). El profeta se sentó allí siete días.
Yejezkel como Atalaya (versículos 16-21)
Después de siete días, Dios se revela nuevamente al profeta y le dice: "Hijo del hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel; por tanto oirás de Mi boca la palabra, y los prevendrás de Mi parte” (versículo 17). Dios explica a Yejezkel que debe advertir al malvado para que se aparte de su mal camino, y si no se aparta - morirá, y su culpa recaerá sobre él, pero si el profeta no lo advirtió "pero su sangre Yo la demandaré de tu mano" (versículo 18). Así como debe advertir al malvado, también el profeta debe advertir al justo para que no peque.
El encierro de Yejezkel y su mudez (versículos 22-27)
Dios ordena al profeta salir de su lugar y venir "al valle". Dios le dice: "¡Vete, enciérrate dentro de tu casa!... También Yo haré que se te pegue tu lengua a tu paladar, para que seas mudo” (versículos 24-26). El profeta no debe salir de su casa ni abrir su boca, sino solo cuando Dios abra su boca: "Pero cuando Yo hablare contigo, abriré tu boca, y les dirás: Así dice el Señor Dios: "¡El que oye, oiga!, ¡y el que desatiende, desatienda!, porque casa rebelde son" (versículos 27).