Como se desprende del encabezado del libro, Zejariá profetizó en paralelo a Jagai "En el octavo mes del año segundo de Darío, Dariavesh" (1). El libro de Zejariá se divide en dos partes. En los capítulos 1-8 aparecen las visiones que contempla Zejariá, que tratan sobre los desafíos de su época. Los capítulos 9-14 son diferentes en su carácter. Comentaristas e investigadores han debatido sobre la naturaleza, la época y el contexto de estos capítulos.
Una profecía de reprimenda (Versículos 2-6)
El libro de Zejariá comienza con una profecía de reprimenda y un llamado al arrepentimiento: "Así dice el Señor de los Ejércitos: Retornen a Mí declara el Señor de los Ejércitos y Yo me volveré a vosotros, dice el Señor de los Ejércitos. No sean como vuestros padres, a quienes los antiguos profetas proclamaron, diciendo: Así dice el Señor de los Ejércitos: 'Retornen ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras.' Pero no Me escucharon ni prestaron atención, declara el Señor" (3-4). Zejariá recuerda al pueblo la lección que deben aprender de la historia: sus padres pecaron y no escucharon las reprensiones de los profetas, y a consecuencia de ello fueron castigados con la destrucción y el exilio. Es posible que esta profecía constituya una introducción al libro en general y en particular a las visiones de Zejariá, a fin de vincular el cumplimiento de las visiones con el comportamiento del pueblo de Israel.
La primera visión: la visión de los caballos (Versículos 7-17)
Las visiones en el libro de Zejariá suelen presentarse siguiendo un esquema fijo: primero viene la descripción de la visión, luego el profeta solicita una explicación del significado de la visión y finalmente el ángel le explica su sentido.
Aquí la visión ocurre de noche, y Zejariá ve "a un hombre que iba montado en un caballo rojo; él estaba entre los mirtos que había en la hondonada, y detrás de él, caballos rojos, castaños y blancos" (8). Zejariá pregunta al ángel: "¿Quiénes son éstos, mi Señor?" (9). En este caso, en lugar de que el ángel responda, es el hombre que está entre los mirtos quien responde: "Estos son los que el Eterno ha enviado a recorrer la tierra" (10), e inmediatamente después los enviados/caballos añaden: "Hemos recorrido la tierra, y he aquí, toda la tierra está en paz y tranquila" (11), es decir, el mundo entero, o al menos el imperio persa, está en calma (a diferencia de la desolada Iehudá). A raíz de esto el ángel eleva una plegaria: "¿hasta cuándo seguirás sin compadecerte de Ierushalaim y de las ciudades de Iehudá, contra las cuales has estado enojado estos setenta años?" (11), es decir, el ángel se pregunta cuándo se cumplirá la profecía de que tras setenta años las naciones serán castigadas y Iehudá será redimida. El Señor responde al ángel: "He aquí que Yo he celado con gran celo por Ierushalaim y por Tzión, y de gran manera estoy Yo enojado contra las naciones que están confiadas; porque cuando Yo estaba un poco enojado, ellas contribuyeron al mal" (14-15). El Señor castigará a las naciones y traerá la reconstrucción del Templo: "Me volveré a Ierushalaim con compasión; en ella será reconstruida Mi casa, declara el Señor de los Ejércitos... nuevamente el Eterno consolará a Tzin>, y nuevamente escogerá a Ierushalaim" (16-17).